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"Solo puede salir bien o muy bien"

Un cuento de “Trépano”

Trepano

Mujer. Sangre.

Mi marido tiene manchas de sangre en las manos. Hay sangre en su camisa, también, sangre en la cazadora. Y sangre, también, en los zapatos, sangre en el bajo de los pantalones. —¿Qué pasa? —le digo. Pero no me contesta. Ni siquiera se vuelve para mirarme. Se lava las manos en la pila. Se desnuda. Tira la ropa al suelo. Se pone la bata. Y se va al salón. Me pregunto cómo voy a sacar esas manchas. El pobre… Debe haberse pegado con alguien. Paco no es violento. Quizá algo nervioso. Pero no violento. Sólo si le molestan, si le molestan mucho, salta. Seguro que ha saltado con motivo. Seguro que alguien le ha molestado, le ha molestado mucho. Y ha saltado. Paco se sienta en el sofá y se sirve un whisky. Apura el vaso de un trago. Se sirve otro. Recién ha amanecido. Quizá es un poco pronto para empezar a beber. Pobre… no es que Paco sea alcohólico, no, lo que ocurre es que el whisky le relaja. Tiene derecho, pobre… trabaja mucho, muchísimo. Paco es quien trae el dinero a casa. Tiene derecho a relajarse un poco. —¿Qué pasa? —le digo. Tampoco esta vez me contesta. Tampoco me mira. Lo prefiero así. Será mejor que me ocupe de mis asuntos y no le moleste. Cuando Paco bebe se relaja, sí, pero cuando bebe mucho, como ahora, termina poniéndose nervioso. Podría empezar a gritarme o algo. A llamarme puta. No lo dice en serio, lo sé. Es sólo que… pierde los nervios. Hasta se le podría ir la mano. Pero no es que Paco me pegue, no. Quizá, de vez en cuando, un empujón, un zarandeo, una torta… pero poco más. Lo ha hecho en contadas ocasiones, y sólo si me pon­go muy pesada, sólo si le he puesto demasiado nervioso. A veces por celos, porque me quiere mucho. Pero no es que me pegue de verdad. Si me pegase de verdad me mandaba al otro barrio, Paco es muy fuerte. —¿Qué pasa? —le digo. Está claro. No quiere contestar. Aún no me ha mirado. No insisto. Le dejo a su aire. En ocasiones le da por eso, por quedarse a solas con sus pensamientos. No es que me ignore, no. Pobre… cuando los problemas le aturullan se pone así. Trabaja mucho, muchísimo. Tiene derecho a que no se le moleste. Al fin y al cabo, él es quien trae el dinero a casa. De repente se ha hecho de noche. Tantas horas y Paco sigue bebiendo. No deja de mirar la foto del marco de pla­ta. —¿Vienes a la cama? —le digo. Una vez más, silencio. Paco coge el teléfono. Marca. Lo dicho. Está en sus cosas. Mejor no molestarle. Me voy sola al dormitorio. Pero no puedo meterme en la cama. Hay un charco de sangre. Las sábanas están llenas de sangre, sangre en la almohada, también, sangre en el cabecero, también, sangre en… Me pregunto cómo voy a sacar estas manchas. Suena el timbre. —Voy —digo. Y voy corriendo. No es plan que Paco tenga que levantarse. A Paco no le gusta que le molesten. Mejor así. Pero Paco ya ha abierto. Es un amor. Lleva esa foto en la mano. La foto enmarcada en plata. Mi retrato. Hay dos policías en el rellano. —¿Qué pasa? —les digo. Pero no me responden. Ni siquiera me miran. —¿Francisco Fuertes? —le preguntan. —Yo soy. La verdad, Paco tiene una voz preciosa. Dura. Fuerte. Varonil. —¿Qué pasa? —repito. No hay manera. Ni responden. Ni miran. A veces me siento invisible. Se llevan a Paco. No es que me preocupe quedarme sola, no. Porque Paco vuelve. Pase lo que pase. Siempre vuelve. Me pregunto cómo voy a sacar esas manchas.

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