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"Solo puede salir bien o muy bien"

Reseña para festivo

Matar en casa y otros cuentos formidablesEL HOMBRE QUE CONTABA

Jesús Urceloy

Matar en casa y otros cuentos formidables

Madrid, Tres Rosas Amarillas/ Casa de cartón, 2012

78  pp.   10.00 euros

Quizás perdimos hace demasiado tiempo el derecho a la ternura. Quizás deberíamos hacérnoslo mirar. Quiero decir colectivamente, como país, amalgama de sensibilidades nacionales, unidad de destino en lo universal, club de fans dela Rojao como leches quiera que cada cual rellene la línea de puntos. Pero somos crueles; no sé si debido a nuestra historia, a la alimentación de nuestros padres o a la inveterada costumbre de cercenar animales en la plaza (cualquier animal y cualquier plaza) para festejar al santo y agradecer su protección. En cualquier caso, nuestra manera de ser es un chiste malo y sanguinolento (unas generalización como cualquier otra). Siempre he echado de menos por estos lares a Tati, al hombre que aplicaba su lupa a los pequeños gestos y que era capaz de encontrar en ellos la comicidad que todo extranjero encuentra en el lugar que contempla por primera vez. Y de esa comicidad, tan amable, tan de humo de pipa y un aperitivo breve, no le resultaba difícil al bueno de Hulot pasar a la ternura. Tal vez porque el buen hombre francés no tenía en cuenta el tiempo. Sus expresiones, su impedimenta, su manera de no amar, de no inmutarse, son, estrictamente, intemporales. Como Meter Pan, Tati no creció, sólo que él se detuvo en una maravillosa madurez contemplativa y libre de ansias. Pero por aquí llevamos demasiado tiempo a la espalda; sobre todo demasiado tiempo nuevo, demasiada negación del tiempo y demasiada reivindicación del tiempo. Nos hemos atiborrado de fantasmas, de pendencias, de ruinas y proyectos de ruinas. El humor español siempre derriba algún muro, alguna estatua, algún icono. Los grandes maestros de nuestra risa ya los conocen ustedes: Berlanga, la carcajada homicida; Azcona, el bisturí; Gila, el espejo implacable, el verso de Vallejo (“español de puro bestia”) una y otra vez patente; Mihura, la tristeza de lo que quedó atrás. Tip, el surrealismo del vencedor.  ¿Neville? ¿Tono? Por favor, estamos hablando en serio.

Que Jesús Urceloy haya publicado un libro de relatos no debería sorprendernos. Su capacidad para hacer suyo cualquier registro, para hallar la intimidad en cada una de las formas con las que se ha ido tropezando, son más que conocidas. Desde el ejercicio retórico a la desnudez, desde la carcajada elegante y corrosiva al puñetazo oscuro del quejío o la levedad del instante mortal y enamorado, sus poemas exploran el límite de lo poético y sus muchos contrarios. Puede que ahora mismo resuenen más sus sonetos, pero aún perdura el aldabonazo que La profesión de Judas supuso para nuestra tan dormida experiencia, o el prodigioso metalenguaje de Diciembre, o la carga de profundidad semiótica de sus poemas visuales, casi secretos, a pesar de la insistencia con que los pocos que los hemos visto le machacamos para que los entregue a la imprenta. Lo sorprendente es que un poeta de su altura sepa contar tan bien; que sepa despojarse de las trabas que todo poeta le encasqueta a su prosa (del mismo modo que casi todo prosista se piensa que escribir poesía es dejar las frases a medias) y se transforme en un  narrador de raza, de esos que no sacrificarán su historia por un retruécano, por una imagen. De esos pocos privilegiados que saben cuando ha llegado el turno del silencio. Los relatos de este libro se mueven entre lo fantástico y lo cruel y en todos (salvo, quizás, en el que cierra el libro, una de las más poderosas y mejor escritas denuncias acerca de la explotación que jamás leí) el humor se adueña del cuento haciéndonos dudar si es el responsable de la irrealidad que destila o su antídoto. Al contrario que Tati, Urceloy arrastra todo nuestro malhadado tiempo; él ha crecido como nos toca crecer a los de por aquí: guardando algo de niños y algo de criminales para que se repartan los malos momentos. Pero, al modo de Tati, ha ido extrayendo con su mirada el gesto amigable, la limpieza de lo cotidiano que va abriéndose camino entre la barbarie, las palabras que piden disculpas por no saber querer de otro modo, cuando ya nadie saber querer. Su trazado va en sentido contrario al de los maestros arriba mencionados. Jesús Urceloy parte de lo grotesco (donde, al fin y al cabo, nos instalaron a todos desde que nacimos) para llegar a lo humano. Por eso (y porque el muy cabrón escribe como quiere y como ya quisiéramos casi todos, porque dónde se ha visto semejante maestría y frescura para el diálogo en una lengua, lo decía García Márquez y lo sostengo con él, en que el diálogo siempre resulta falso) la risa de Jesús, terrible, priápica, en ocasiones psicópata y en otras puro gamberrismo, llega a la ternura; es decir, a la inteligencia.

Álvaro Muñoz Robledano

Revista La Bolsa de Pipas

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